La rebelión de los electrodomésticos

Aquí ando con sueño, todo lo he comido frío, mi casa es una nube de hielo seco, las frutas, en la cocina, comienzan a pudrirse y es que, entre otras noticias, entre otras rebeliones, la cafetera se ha dedicado a aprender todas las canciones de Elvis Presley, el horno de microondas se ha vuelto asesor de modas, la aspiradora hace shows en fiestas de quince años y el refrigerador ha decidido jubilarse para por fin dedicarle tiempo a sus gusanos, a esos que viven dentro de las verduras que yo olvidé hace tiempo. Los electrodomésticos quieren dedicarse a sí mismos, ninguno quiere seguir ya la rutina, y aunque la casa está de cabeza, sonrío porque los veo a todos felices.

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Se me pasó decirle

Siempre usaba una gorra de esas como de camionero, pienso que era roja, pero la verdad es que fue hace mucho tiempo, íbamos en la preparatoria. Lo único que puedo asegurar es que su cabello era como un nido de pájaros, parecía como si nunca se hubiera pasado un peine, llegué a pensar que no se bañaba. Era alto y espigado, usaba pantalones de esos cholos que dejaban ver los calzones y a veces las nalgas. Tenía piel blanca y ojos redondos y cafés. Se llamaba Arturo y me gustaba aunque pareciera mudo. Nunca lo escuché hablar, lo más íntimo que supe de él fue por mi amiga Alma, una mañana llegó y me dijo: Me cogí a Arturo, me lo encontré la semana pasada en el metro, estuvimos platicando y me dijo que nunca había tenido sexo, le dije que si quería yo le enseñaba. Nos vimos ayer en la tarde, en el centro, nos fuimos a un hotel. Tiene la piel súper blanca y suavecita, pero vieras la decepción, de verdad no sabía nada; primero, no se le paraba y después me preguntó por dónde tenía que meterlo, un desastre. Yo escuché atentamente, pero nunca le dije a Alma que Arturo me gustaba.

Después de salir de la prepa, Alma y yo no nos volvimos a ver, pero hoy, después de diez años, me la encontré en el metro, intercambiamos teléfonos, me dijo que estudió antropología social, que sigue viviendo con sus padres, yo le conté que estudié comunicación, que tengo un hijo, una familia con perro y gatos, pero otra vez, se me pasó decirle que hace diez año me gustaba Arturo.

La ejecuté en un cuarto de hotel

Llegué a un sórdido cuarto de hotel, aparentemente estaba sin compañía. De repente sentí su mirada, estaba ahí, al lado de mi cama, su pequeña coraza brillaba como si estuviera echa de charol café. Nadie la había invitado, así que la ejecuté. Habría sido muy sencillo aplastarla, pero no, preferí hacerlo al estilo michoacano, le corté la cabeza y le puse una nota, en lo que supuse era su pecho, en letras diminutas se podía leer: “para que no te metas donde no te llaman y no andes echando esas miradas lascivas a mujeres inocentes y solas como yo”.

“No hero in her sky”

Es de madrugada, me he despertado sudando frío, en mi mente aún está la voz de Damien Rice cantando Blower’s daughter, me recuerda la nostalgía que nunca he querido sentir al dejarte, me recuerda también que ya no sé si sentiría nostalgía de no verte. Me siento como un pájaro al que le abren la jaula, pero no decide volar. Me alegro de los amores que nacieron para morir en la playa, de las miradas que no se juntaron más, de aquello que quedó en un hotel de paso, de no estacionar el auto ese día, de seguir recorriendo la autopista para ver el  paisaje. Tal vez en un momento, cuando haya un poco más de luz haga las maletas, tome camino para dar paso al tiempo, a la lejanía, me gustaría esperar hasta tener la certeza de que no somos los mismos, entonces, me atreveré a buscar de nuevo tu rostro para saber si es capaz de  provocarme una última sonrisa.