“Los intensos” de la calle Compasión


 

Para Alejandro Carrillo

 

Bien dicen que Dios los hace y ellos arman performance. Marcos y Ana vivían en la planta baja de este edificio, el número 9 de la calle Compasión, llevaban apenas un mes aquí, y ya se habían ganado el apodo de “Los intensos”, y no es que yo fuera chismosa, pero entre su exhibicionismo, las paredes del grosor de una oblea y que todas las ventanas de su departamento daban a la calle, no podía dejar de escuchar y, a veces, ver lo que hacían. Un día, por ejemplo, durmieron la siesta con las ventanas abiertas, como anunciando su colchón en aparador y, luego, cuando despertaron no se levantaron como la gente normal, estirando los brazos y poniéndose de pie, en vez de eso, ella lo miró de manera teatral y le dijo: “no puedo levantarme, mi cuerpo tiene hilos rusos que son jalados a la dimensión del sueño”, entonces, él se levantó, puso su mano derecha en posición de tijera y comenzó a cortar los hilos, al tiempo, ella recobró la movilidad y se puso en pie, después, se fueron a la sala y ya no pude ver qué pasó, pero por los gritos de Ana y el remate con la expresión: “lo bueno es que no sabías hacer striptease”, seguro que esos dos seguían en espectáculo particular.

Llegada la noche, regresé a casa y, “Los intensos” seguían con lo suyo, pero ahora en la calle, estaban dentro de su auto con la luz interior encendida, él lloraba y ella, cara de palo, hablaba quién sabe de qué, en realidad, me pareció que estaban discutiendo y decidí no darles las buenas noches, sino pasar cual sombra de oreja parada, hice como que no encontraba las llaves y alcancé a captar que el problema era de celos, lucha de egos o algo similar, la verdad, pensé que ahí acabaría todo el show, que alguno de los dos se iría y ya no sabría más de aquella historia, pero resulta que esa misma noche no pude dormir entre sus gemidos, el nombre de Marcos pronunciado por Ana casi al ritmo y fuerza del ¡tas, tas, tas!, de la puerta del closet y la música de Bob Dylan que fondeaba de manera tenue toda la fiesta de ruidos con que se pactaba una segura reconciliación.

Así pasaron muchos días, quizá un año. Yo volvía de vacaciones y me encontré con que las ventanas de la planta baja del edificio ya no tenían persianas, tampoco estaba la cama, ni los libreros, ni la mesita de centro, ni “Los intensos”, confieso que sentí alegría, yo nunca había sido su gran amiga y tener que ser su espectadora me había cansado, siempre me quedaba con curiosidad de los detalles, ganas de conocer sus gestos al hacer el amor o saber por qué después de las discusiones todo parecía tan fácil de solucionar, estaba fastidiada de que ellos decidieran qué tanto volumen le ponían a sus voces o que tan abiertas dejaban la persianas, nunca podía tener la versión completa y verdadera de los hechos, pero Ana compensó todo aquello con una nota que pude encontrar debido a que me encargué de mostrar el departamento a los actuales inquilinos.

Hablo de la nota en un párrafo aparte porque ésta sirvió para contentarme y, de alguna manera, cerrar la historia, ahí Ana escribió las siguientes líneas que pongo de manera literal:

“Hoy nos vamos a Barcelona, tengo un poco de miedo porque nunca he vivido en otro país, sé que estaremos bien. Lo único que me causa tristeza es dejar los días felices que pasamos aquí, no sé si ellos encontrarán donde quedarse guardados, me habría gustado pagarles un alquiler en la memoria de un ciento de personas que perpetuaran su existencia haciéndolos leyenda”.

La verdad es que después de todo, no creo que la vida de “Los intensos” sea algo tan extraordinario, pero después de leer esas palabras decidí contarles sobre ellos para cumplir el deseo de Ana y que ustedes, igual que yo, guarden al menos fragmentos de lo que pasó, alguna vez, en la planta baja del edificio 9 de la calle Compasión.

~ por Lydia Jiménez en 17 mayo, 2011.

7 comentarios to ““Los intensos” de la calle Compasión”

  1. Excelente!

  2. La planta baja del edificio 9 de la calle Compasión. ¡Wow! También me gustaría haberlos visto, y es que ahora creo que ahí están, congelados dentro de las letras de esta historia, repitiendo una y otra vez sus performances, dejando que la música de bob dylan escurra de las paredes y sus versos se repitan en la memoria de la cal, de los muros, del los pixeles que forman las palabras de sus recuerdos impresos en este blog.

    ¡Estoy muy contento de que hayas vuelto a tu blog!

  3. ¡Que historia más bonita! El final me ha encantado, y volver a verte por aquí después de tanto tiempo… también.

    Saludos.

  4. ¡Yo también te amo, amor! Mucho. ¡Me gustan mucho las fotos y todo lo que pasamos en la calle Compasión, pero me emociona más saber que podré seguir tomándome muchas más fotografías contigo!

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